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La pandemia de Donald Trump

La pandemia de Donald Trump

El día que juró como presidente de la primera potencia del mundo un hombre aquejado de egolatría, sin valores éticos ni empatía que frenaran sus impulsos, dispuesto a cualquier cosa por detentar el poder y mantenerse como dueño y señor del universo; ese día se recrudeció la pandemia de egoísmo, odio y corrupción que ya había empezado a contagiar al mundo entero.


El diccionario define la palabra egoísmo en su sentido negativo: "Inmoderado y excesivo amor a sí mismo, que hace atender desmedidamente al propio interés, sin cuidarse del de los demás". Pero no es ese el significado etimológico de la palabra. Egoísmo es, simplemente, el estado de un organismo que procura por su propia supervivencia. En la naturaleza, el organismo que no vive en este estado perece, generalmente, por ofrecer su vida de un modo altruista para la supervivencia de la especie. En este sentido, es fácil deducir que el egoísmo es bueno y necesario. En el ser humano, sin embargo, no se puede emitir un juicio tan sencillo. En el ser humano, el egoísmo es más psicológico que físico y el altruismo no existe.

Es evidente que la definición de egoísmo que da la Academia surge de los recovecos de la subjetividad. Pero es muy difícil que en el mundo subjetivo de individuos como Donald Trump pueda encontrarse amor a sí mismo, salvo en caso de un grave trastorno narcisista de la personalidad que altere el juicio. Generalmente, esos individuos son capaces de distinguir el bien del mal y eligen consciente y voluntariamente hacer el mal porque el mal les reporta unos beneficios que el bien no les puede reportar. Esa vía conscientemente elegida les conduce, no al amor, sino al desprecio a sí mismos. Se saben malos, pero viven convencidos de que solo la maldad puede llevarles al triunfo.

Para no meternos por intringulis religiosos o morales, utilizo aquí la acepción que dio a la palabra malvado el historiador de la economía Carlo Cipolla: malvado es aquel que perjudica a los demás para beneficiarse a sí mismo. Es lo que ha hecho Donald Trump toda su vida, eliminando de su conciencia todo escrúpulo moral que pueda obstaculizar su camino hacia la cumbre del éxito.

El amor a uno mismo, como todo amor auténtico, tiene en su propio fundamento el respeto al amado. Un malvado como Donald Trump, plenamente consciente de su condición perversa, no puede amarse a sí mismo puesto que carece de aquello que hace amable, estimable, a todo ser humano: un criterio informado por valores humanos y entre ellos y sobre todos los demás, la empatía. De ahí que las personalidades de este tipo tengan que sustituir el amor a sí mismos por la admiración a su habilidad de hacer el mal obteniendo los beneficios que pretende. Esa admiración puede llegar a extremos idolátricos. El malvado que obtiene a costa de los demás un triunfo extraordinario y con él la admiración de las masas, acaba convirtiéndose en un ególatra; es decir, adorando al ídolo que se ha creado de sí mismo.

Donald Trump no fue el primer individuo de esta clase en entrar a la política de este siglo, pero su triunfo fue tan arrollador que ha servido de ejemplo a otros políticos del mundo entero dispuestos a cualquier cosa con tal de aproximarse a su éxito. Lo peor, lo más grave, lo más peligroso es que Donald Trump y todos sus émulos han pervertido la atmósfera política y social de todo el planeta, contagiando a cuantos se han expuesto a su aureola, arrastrando a las masas convencidas de su poder taumatúrgico, que acaban siguiéndoles ciegamente con la esperanza de que les llegue algo de su luz. O sea, que han desterrado la racionalidad de la política y de la vida social, al comprobar que a la masa se la manipula consiguiendo que las emociones ahoguen su razón.

Es así como los seguidores de Trump y sus émulos se convierten en fanáticos. Es así como el fanatismo de sus seguidores se ha extendido por el mundo como una pandemia; un virus que destruye los valores humanos, el respeto a la libertad de los otros, la igualdad social, la democracia que la garantiza. Es así como esos políticos sin escrúpulos consiguen dividir a la sociedad extendiendo el odio entre sus fanáticos y aquellos que se niegan a adorar a sus ídolos.

Quien no ha caído víctima de esa pandemia puede preguntarse, ¿qué beneficio obtienen esos políticos de sus esfuerzos por destruir los valores de una sociedad democrática? Votos, votos que empujarán al ciudadano a las urnas a meter su voto como ofrenda al ídolo que siguen fanaticamente; votos que otorgarán a sus ídolos el poder que les permitirá beneficiarse sin obstáculos, por medios lícitos o corruptos, de lo que quieran, como quieran, en cuanto se encuentren en la cúspide del poder. ¿Y cómo consiguen inocular sus ideas y sus propósitos en las masas? ¿No ven sus seguidores que acabarán sirviendo a sus ídolos sin obtener beneficio alguno?

Una de las armas más eficaces que utilizan los malvados es la mentira. En España tenemos varios ejemplos. En sus mítines, ante la prensa, en el Congreso, los émulos de Trump, los de las tres derechas, mienten sin reparo ni recato, y a veces son sus trolas tan gordas que hasta hacen sonreír a quienes no se han contagiado con su virus. Esas mentiras apuntan al corazón emocional de quienes las escuchan. Unos las rechazan y quienes no están habituados a utilizar su razón para analizar la realidad, se contagian y caen. Las mentiras de esos políticos tampoco conocen obstáculo alguno. En cuanto se encuentran en un ambiente propicio, degeneran en difamación acusando a sus adversarios de cualquier cosa, convencidos de que cualquier cosa va a colar en aquellos que tienen la facultad racional averiada. Cuando esos políticos consiguen transformar el concepto bondad en buenismo y dar a la palabra buenismo un significado despectivo, saben que tienen el camino abierto para ejercer su maldad seguros de que sus seguidores tomarán maldad por inteligencia.

Hoy y a esta hora, el mundo no sabe si los seguidores americanos de Trump le darán otra vez el poder con la facultad de destruir la democracia y cuanto ha convertido a los Estados Unidos de América en un gran país. Tampoco sabemos si eso le permitirá seguir contagiando a más émulos, infectando a más seguidores. Tampoco sabemos si sus émulos de aquí encontrarán más seguidores a los que infectar. La pandemia del coronavirus ha sembrado en el mundo la incertidumbre. Nadie sabe cuándo ni cómo acabarán las pandemias que nos agobian. Nadie sabe cuántos sucumbirán antes de que legiones de seres humanos renovados se pongan en pie dispuestos a recuperar su salud física y mental.

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