Si el virus es global, la respuesta también ha de serlo

Si el virus es global, la respuesta también ha de serlo

El COVID19 no es un cisne negro. Expertos y organismos internacionales llevan años alertando sobre la posibilidad real de una pandemia causada por un virus, además del vídeo de Bill Gates que circula masivamente por las redes estas semanas. A tenor de lo que estamos viendo, sin mucho éxito.

Aun así, cuando el 31 de diciembre la oficina de la Organización Mundial de la Salud (OMS) en China fue informada de un caso de neumonía atípica de origen desconocido en la ciudad de Wuhan, pocos se atrevieron a aventurar que dos meses y 11 días después la OMS decretaría estado de pandemia por el coronavirus COVID-19 y que escasos días después el 40% de la población mundial se encontraría en confinamiento.

El COVID19 ha viajado en avión, se ha movido a través de fronteras en una suerte de variante de la ruta de la seda, llegando a Europa desde China donde se concentra el mayor número de personas afectadas. Hasta ahora.

Esta pandemia ha viajado en avión. Y lo ha hecho de Norte a Sur, de los países ricos a los empobrecidos. El COVID19 tiene su origen en la globalización. Y la respuesta debe venir, por tanto, también desde lo global.

Recurriendo al trilema de Rodrick según el cual no es posible tener al mismo tiempo un mundo hiperglobalizado, democracia y autodeterminación nacional, nos equivocaríamos si nos decantáramos por un repliegue al enfoque Estado-nación en lugar de avanzar en democracia global.

El actual sistema multilateral se creó tras la Segunda Guerra Mundial tomando como referencia los Estados-nación y en un contexto de reconstrucción tras dos grandes guerras, con la gran depresión entre ellas. Parece acertado pensar que 75 años después de la creación de las Naciones Unidas y 76 de la de las instituciones de Bretton Woods urge reformar el sistema multilateral y adaptarlo a la realidad del siglo XXI, un mundo globalizado interdependiente política, económica y socialmente.

La pandemia no puede servir de coartada para retroceder en multilateralismo sino para mejorarlo y abundar en nuevas formas de gobernanza global más democráticas y abiertas a más y nuevos actores que se presentan como claves en la prevención y respuesta a situaciones de crisis. El COVID19 podría ser el catalizador de un nuevo multilateralismo.

Las prioridades nacionales e internacionales respecto al COVID19 son muy parejas: contener la pandemia, reducir al mínimo el impacto económico y social y sentar las bases para que una situación similar no vuelva a suceder.

Me arriesgo a aventurar que seguramente el COVID19 no será el último virus global - ya tuvimos el SARS, MERS, ZIIKA o H1N1- pero podemos marcar la diferencia en la respuesta. Abordar las causas que comprometen la salud pública global removiendo las causas que hacen especialmente vulnerables a los países en desarrollo y poner en marcha soluciones compartidas desde lo global.

Esta pandemia obliga a revisar las políticas públicas nacionales, pero también las globales: los sistemas de gobernanza, modelos de producción, sistema de comercio, movilidad, todo aquello que el COVID19 ha hecho saltar por las costuras.

El COVID19 exige una respuesta rápida para contener su expansión. Sin embargo, pensemos que las medidas que se han adoptado en España que incluso con su gran complejidad, en lo individual nos resultan mayoritariamente asequibles. Sin embargo, no lo son para buena parte del mundo en desarrollo donde la población vive hacinada en habitáculos compartidos, donde el acceso a agua y saneamiento seguro no está garantizado o donde ni siquiera el concepto de fronteras es el que tenemos en Europa.

Por eso preocupa enormemente la expansión del COVID19 en los países en desarrollo, porque adolecen de falta de recursos y capacidades para hacerle frente y las consecuencias en términos de vidas humanas, impacto en los servicios públicos y la economía pueden ser devastadoras.

Entre las políticas públicas a revisar se encuentra la de cooperación internacional para el desarrollo de la cual depende en gran medida los servicios públicos de los países en desarrollo, de nuevo siendo África la más vulnerable. Pero también lo son países de renta media con dificultades fiscales y financieras, con sistemas de salud que en términos generales no cumplen los estándares de universalidad y que, además, albergan las mayores bolsas de pobreza y una clase media sensible a cualquier imprevisto como es un problema de salud.

La enfermedad nos iguala. El COVID19 no distingue razas, nacionalidad, poder adquisitivo… pero la diferencia radica en la capacidad que tenemos para hacerle frente como individuos, como sociedad y como Humanidad.

Tras la crisis económica de 2008 se anunció la refundación del capitalismo para evitar futuras crisis. Nada se hizo en este sentido. ¿Repetiremos con el COVID19 los errores del pasado? ¿Nos quedaremos en buenas intenciones o habremos aprendido y movilizaremos los recursos y capacidades necesarios para ser resilientes y que el próximo virus nos coja preparados?

Al igual que una mentira repetida no se convierte en verdad, los errores repetidos no terminan siendo aciertos.

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