Colón, la alfombra roja de Vox

Colón, la alfombra roja de Vox

Fijar el número de asistentes a una manifestación, aunque sea aproximado, es normalmente un ejercicio polémico. Siempre habrá quien contradiga el cálculo y señale otra cifra distinta mayor o menor, según sus intereses. Pero lo que normalmente no puede disimularse es la impresión de éxito o de fracaso que se les queda a los organizadores después de celebrado el acto, cuando se ha diluido la euforia del momento. Ahí no son cifras, ni frases, ni titulares, son sensaciones. Y eso es muy difícil de enmascarar.

Parece evidente que el calentamiento político de los días anteriores, el tono alcanzado en las descalificaciones e insultos al presidente del gobierno, la generosa invitación del “todo pagado” para usar autobuses sin limitación, la llamada a la reconquista nacional y la proclamación de la España en pie realizada por todos los partidos de la derecha española, habían despertado unas expectativas que no se cumplieron en modo alguno. Da la sensación de que la España de los balcones prefirió quedarse en ellos y no bajar a la plaza de Colón.

Ahora vendrán las justificaciones sobre los defectos de organización, sobre la precipitación de la convocatoria o sobre la confusión política de los últimos días. Todo se intentará para disimular un evidente fracaso que tiene unas causas más profundas que las meramente logísticas o coyunturales.

La primera quizás sea que no se debe confundir el ruido con la realidad y que la crispación política decretada por las élites de los partidos de derecha no tiene relación directa con la percepción de la ciudadanía, que parece estar saturada de tanto patriotismo de campanario y tanta denuncia de traiciones históricas. A lo mejor la exageración en las maldades del gobierno o los excesos en las denuncias de ilegitimidades y pactos inconfesables han retraído a ciudadanos que no creen que estemos al borde del cataclismo.

Pero lo que sin duda merecería un especial análisis es el efecto que ha tenido la participación de la extrema derecha en la organización y presidencia de esa concentración Es la primera vez que al PP y C´s, en su afán de sumar sin mirar a quién y en su obsesiva estrategia de disputarle el espacio electoral, les ha llevado a compartir con Vox calle, discurso y tribuna. Y esto, lejos de sumar ha restado. El partido de Albert Rivera tiene una dificultad en encontrar su espacio político y se mueve con bastante confusión. Ya le pasó en la moción de censura, cuando se alineó sin fisuras con Rajoy y su derrota, sin intentar siquiera tener un papel intermedio. Y le ocurrió en Andalucía, donde no ha tenido inconveniente en verse apoyado por los extremistas en el gobierno y en el parlamento. Creían que usando al PP como un médium o intermediario en sus relaciones con la extrema derecha disimulaban los hechos y diluían su responsabilidad, pero lo cierto es que que en esa sesión de espiritismo, al final se descubre la farsa y se les ve, sin tapujos, en una relación inexplicable.

En esta concentración, la gran perjudicada ha sido la formación naranja, que sin conseguir el éxito de convocatoria que esperaban, ha tenido que compartir himnos, arengas, discurso y fotografía con los representantes de la extrema derecha en una imagen que será difícil de olvidar.

Y, por contra, el gran beneficiado de este evento y para el único que no ha supuesto un fracaso ha sido el dirigente de Vox, quien se ha visto reconocido y aceptado como líder de las derechas españolas sin haber conseguido aún ni un sol escaño en el Congreso de los Diputados. Y, precisamente, son los afiliados y simpatizantes de este partido los que con más entusiasmo y número acudieron la mañana del domingo a Colón para ver cómo su líder, pisaba la alfombra roja del reconocimiento político con el mismo derecho y fuerza que el resto de representantes. Abascal nunca se lo agradecerá bastante a sus compañeros de tribuna, Casado y Rivera.

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