Brexit, de entrada, no

Brexit, de entrada, no

Dicen que el Brexit ha iniciado el camino de aplicación. No las tendría todas conmigo de que haya terminado el periodo de negociación. Conociendo a los británicos y a los continentales que negocian en nombre de la Unión Europea (UE) es muy posible que aparezca algún conejo de la chistera y se vuelva a retrasar la cuestión. Lo que sí noto es una cierta alegría y jolgorio porque el Reino Unido (UK) salga de la UE, yo no lo tengo.

La contrarrevolución conservadora, que se manifiesta con renovadas energías desde 2000, comenzó en UK en 1979 con la llegada al 10 de Downing Street de la muy conocida Margaret Thatcher. La verdad es que había comenzado antes, pero la mayoría no éramos conscientes de ello. Los ciudadanos norteamericanos que sufrieron a Nixon sí lo sabían, a pesar de lo cual, los demócratas se empeñaron en permitir la llegada de otro furibundo contrarrevolucionario, Ronald Reagan. Perdonen que llegue tan lejos en este mirar hacia atrás, sin ira, pero es necesario. Pues bien, la contrarrevolución no ha concluido, sigue en curso, con renovadas energías tras un breve paréntesis (gracias Obama) que ha servido para recuperar las fuerzas necesarias y hacer saltar, si es posible, todo aquello que huela a club, grupo, organización, comunidad, alianza, unión o algo parecido. Pueden ponerles los oportunos apellidos y verán los nombres que les aparecen.

Creo que lo ocurrido en el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte (ampuloso nombre como el usado por cierta alianza en las elecciones andaluzas) es el anuncio de algo mucho más serio. El muy famoso, por sus conferencias y cargos sin provecho, Tony Blair, lo vio con claridad en su momento y goloso de poder, como pocos, decidió anticiparse a lo que se avecinaba y, para mantenerse en la cresta de la ola, se inventó lo de la tercera vía (Giddens dixit), que años después seguimos sin saber a dónde conduce, y apalancarse con su apuesta por los mentirosos (Bush hijo, Rumsfeld o Wolfowitz, aquél grosero portador de calcetines agujereados, entre otros) e intervenir en una guerra que ha sido el mayor desastre en política internacional en los últimos 70 años. Y esa guerra, que fue la continuación por otros medios de lo que suponían las que enfrentó a Irán e Irak, por una parte, y la intervención de la URSS en Afganistán por otra, permitió hacer saltar por los aires el frágil equilibrio en ciertas zonas del mundo y retroceder todo lo avanzado durante años. Algunas de las guerras, mal resueltas, han causado malestar y provocado otras (Crimea) que nos tienen a los europeos pillados por los gases. Al menos a una parte de ellos.

Si se fijan, en todos los saraos están metidos hasta el tuétano nuestros queridos hijos de la Gran Bretaña. No se pierden una fiesta por nada del mundo. Recuerden que eran la principal potencia ocupante de eso que se llamaba Palestina, que hoy conocemos como Israel y Jordania, y de otras zonas adyacentes. También fueron potencia colonial en China, donde las compañías del Imperio de su Graciosa Majestad perdieron, en algunos casos, casi la mitad de su patrimonio con motivo de la Revolución Comunista. Han estado en todos los lugares y en todo tiempo, desde hace mucho. Y como no terminan de marchar, aunque los intentan echar, pues siguen enfrascados en esas guerras que persisten generación tras generación por su política de retirada que consiste en el famoso “divide y, al menos, harás daño”.

Pero dicho todo esto, no me considero anglófobo. Muy al contrario, creo que los británicos tienen muchas cosas dignas de admiración. Aunque debemos empezar por reconocer un pequeño problema que padecen, son europeos, pero aún no lo saben. No se han dado cuenta de que en este mundo tan radicalizado, al que han contribuido muy significativamente con todas sus fuerzas, ya no tienen amigos salvo en Europa. Ni tan siquiera les tiene afecto su hijo predilecto, los EEUU, que les lanza admoniciones permanentes para que rompa con la UE de una vez. Ya se lo ha dicho, por activa y por pasiva, con ese lenguaje sutil que le caracteriza el nuevo oráculo de allende el Misisipi.

El melifluo Cameron creyó oportuno, para calmar a sus bases euroescépticas, lanzar un referéndum que ganaría con cierta claridad, pero que le permitiría mostrar ante la UE el descontento de un gran número de ciudadanos con los términos de la unión y ello le permitiría negociar unas nuevas condiciones para su permanencia. Pero al igual que las armas las carga el diablo, los referéndums los alimentan los descontentos y, para una vez que me dejan votar abandonar, que es como votar no, pues elijo la respuesta asociada al descontento que siento porque creo que la UE no sirve para nada, al menos así me la venden ciertos políticos, como un tal Farage entre otros. Curiosamente, políticos que viven de ella, de la UE.

Decía un jefe que tuve que criticar a RENFE estaba permitido durante la dictadura, servía de válvula de escape. Hoy en día se critica a la UE porque no lo sentimos como algo propio, a pesar de lo que le debemos, y es más fácil que criticarnos a nosotros mismos por elegir a políticos que no resuelven. Ya ven lo ocurrido en Italia, los que ganan solo sirven para criticar a la UE, a la malvada madrastra, pero de hacer, nada de nada.

Y no piensen que los medios ayudan a deshacer el entuerto. Los medios, sustentados por capitales que no gustan de la unión, se dedican de forma permanente y sistemática a criticar la UE y nos hablan de derroche, de inutilidad parlamentaria, de lentitud en la toma de decisiones. Hablan mal, aunque sea falso. Esa técnica que ha regresado desde hace poco, pero inventada en tiempos del Reich de los mil años, especialmente para embaucar durante el famoso referéndum del Brexit. Porque, por mucho que nos pese, los reyes de la comunicación política son los anglosajones. Con UK en la UE nos ocurre como con Cataluña en España, cuando ocurre algo negativo desaparece de las portadas a los pocos días, pero cuando es algo positivo se repite machaconamente durante semanas o meses. Y esa habilidad la manejan como artistas y así nos va al resto, tanto en la UE como en España.

Los británicos han sido unos leales miembros de la UE, no se dedican a incumplir directivas o reglamentos comunitarios. Los pelean hasta el límite, pero cuando se aprueban, los cumplen. A nosotros se nos llena la boca de europeísmo, pero aplicamos las directivas con un retraso contumaz. Los británicos tienen uno de los mejores servicios exteriores del mundo, arma diplomática de la que nos veremos privados en el futuro. Cuando empezamos a poner en marcha esa cosa llamada “el pilar europeo de defensa”, para ver si de una vez por todas nos hacemos mayores y dejamos de depender de los EEUU, desparecen, como por ensalmo, las fuerzas armadas con mayor capacidad de proyección y experiencia de las que forman parte de la UE.

No, no me siento alegre ni entiendo el jolgorio por la salida de UK de la UE. Creo que salimos perdiendo los 27, a pesar de los pesares. Y perdemos en todos los sentidos, como vamos a perder el mundo financiero actualmente anclado en Londres, la plaza financiera por excelencia o ¿alguien piensa que Londres va a dejar de ser el centro financiero mundial?, ¿alguno cree que el mundo financiero que empuja a UK fuera de la UE le va a privar de su principal medio de vida? ¡Cuánto iluso nos acompaña!

La UE se empobrece con el Brexit y los políticos y los aprendices deben ser conscientes de ello. Si los dirigentes de la UE se hubieran ocupado de la UE en vez de preocuparse de los países que forman la UE otro gallo nos cantaría. Y es que nos ha faltado el carácter asertivo que tienen los anglosajones, llamando a las cosas por su nombre, en vez de balbucear por temor a decir algo políticamente incorrecto. Ya ven cómo se las gastan los “antiguos súbditos” irlandeses, mientras los demás llevamos décadas discutiendo sobre una base imponible común en el impuesto sobre sociedades, ellos aplican un tipo impositivo con el que han atraído a multitud de multinacionales y provocarán una bajada generalizada y una menor recaudación en todos los países. Brillante gestión de futuro. El balconing del que hablaba un columnista lo practican los británicos, pero en nuestros hoteles, no en su país.

Que nadie se confunda. La separación de UK es consecuencia de que la lucha iniciada en los setenta para que “el sistema de bienestar social” no siga avanzando y se reduzca a la mínima expresión necesita que se deshaga la unión. Por eso hay que perseverar en defender el llamado sistema de “bienestar social”. Y para ello documéntense sobre lo que están haciendo en ese país situado a la izquierda de España, según se mira el mapa, y verán que es posible, sin hacer ruido, avanzar. Claro que para ello es necesario que algunos dejen de mirarse el ombligo y sometan su ego a régimen alimenticio. Y si no creen lo que digo vean lo ocurrido aquí, en el sur, lo que está aconteciendo al norte de nuestras fronteras o lo que ocurre todos los días al este de, por ahora, el interior del país.

No me alegro de ver reducida la UE a 27 miembros, y eso que al ritmo al que vamos es posible que veamos más salidas, como la del reino vikingo, que entró al tiempo que UK, y quiere usar una isla para enviar allí a los inmigrantes irregulares. Han traído el miedo para crear desazón entre los europeos. Miedo con el que azuzan los peores instintos. El asunto no guarda relación con UK. No pinta nada bien y si no se avanza en la unión política, el futuro se torna muy oscuro.

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