Somos obreras, somos abolicionistas

Somos obreras, somos abolicionistas

En las últimas semanas hay una palabra que, para alegría de las feministas, se ha instalado con fuerza en el ideario colectivo. El término abolicionismo, en franco desuso por la poca utilidad que le había dado la mayoría de seres hablantes hasta la fecha, ha irrumpido en conversaciones, periódicos, juzgados de alto copete, tertulias televisivas y radiofónicas, y por supuesto, ha invadido las redes sociales, hasta ser uno de los puntos neurálgicos de las manifestaciones del 25N hace apenas unos días.

El intento soterrado de institucionalizar la prostitución como una actividad laboral, y por ende, del proxenetismo y la explotación de miles de mujeres y niñas como actividad económica susceptible de tributar a las arcas públicas, ha generado un efecto boomerang que muy pocos fueron capaces de predecir. Craso error. Desde estas páginas ya advertimos en la primera hora que quién no se tomase en serio al movimiento feminista y su fuerza transformadora estaba fuera de la jugada.

Y fuera de la jugada se han quedado, de momento, todos aquellos y aquellas que, bajo el discurso de la falsa libertad individual, que hay que decir que cada vez se cree menos gente, pretendían vendernos las bondades de una sociedad donde la mitad podía violar a la otra mitad previo pago.

Sin embargo, no todo el trabajo está hecho y ni siquiera hemos terminado aún con esa guerra librada ante los tribunales por las feministas para eliminar una organización pretendida como sindical, que a quién realmente favorecía era a la patronal de la industria multimillonaria del sexo. Se ha ganado la primera e importantísima batalla de que, una vez más se recogiera en sentencia judicial, que la prostitución ni es ni puede ser nunca considerada un trabajo, y mucho menos por cuenta ajena. Sin embargo, dicha organización sigue existiendo como tal y la eliminación de la misma del registro del Ministerio de Trabajo es ahora nuestra próxima e ineludible meta.

Se lo debemos a todas aquellas mujeres sindicalistas, invisibilizadas casi siempre por la historia, que dejaron literalmente sus vidas en el camino que nos ha llevado a la igualdad formal de la que disfrutamos ahora las mujeres en el trabajo. Y digo formal porque la igualdad real está lejos todavía. Ahí está la brecha salarial de más de 15 puntos para recordárnoslo. Se lo debemos a todas aquellas que actualmente, día tras día, se baten el cobre negociando en los comités de empresa, como delegadas o dentro de los sindicatos, unas mejores condiciones laborales para todos y todas.

El sindicalismo y la lucha por la emancipación de la clase obrera es una noble tarea que ha sido denostada en demasiadas ocasiones y que va siendo hora de volver a poner en valor. A lo mejor ha tenido que pasar que hayan querido arrogarse la categoría de sindicalistas quienes representan todo lo contrario a los derechos de las trabajadoras para que volvamos a apreciar la dignidad de ser obreras. A lo mejor con este toque de atención a nuestros valores tan básicos, como a veces olvidados, volvemos a recuperar el ímpetu arrasado por la crisis económica, y volvemos a sentirnos parte de ese algo donde todo empezó. Parte de la clase obrera que rompió moldes para que la gran mayoría de personas, trabajadores y trabajadoras, tuvieran hoy una vida más digna y más libre. Somos obreras y el sindicalismo es nuestra herramienta principal para luchar contra la dictadura del que más tiene. Y somos abolicionistas porque no toleramos, y menos aún en nombre de la supuesta lucha sindical, que ninguna mujer pase de ser persona a ser mercancía a vender o alquilar en todo o en partes. Que no nos usurpen nuestras armas. Utilicémoslas y sigamos avanzando.

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