Sánchez a Casado: “Usted y yo no tenemos nada más que hablar”

Sánchez a Casado: “Usted y yo no tenemos nada más que hablar”

El pasado miércoles Pablo Casado echó el resto en el Congreso de los Diputados acusando al Presidente del Gobierno de ser responsable y partícipe de un Golpe de Estado.

Viniendo de quien viene la acusación podría ser incluso considerado como la parte de un monólogo en un espectáculo cómico dados los antecedentes del actor, pero en realidad, es dramático, porque demuestra que la democracia representativa tiene un partido que sólo representa a un sector de la sociedad que no cree ni en la democracia ni en las reglas del juego de la representatividad parlamentaria.

La hipérbole de las estupideces se ha convertido en un monstruo excesivamente complicado de digerir para el PP. Probablemente Casado ayer demostró que él es el rey en esas lides rebasando todas las rayas de lo aceptable en sede parlamentaria, pero no es sino la demostración de que la extrema derecha convivía con el resto de derechas en el PP.

En este país a algunos actores políticos hasta ahora les salía gratis decir cosas como que en Andalucía “se gasta más en prostitución que en educación”, como afirmó el número dos del PP, otrora campeón del mundo de lanzamiento de huesos de oliva, Teodoro García Egea, o los sainetes de Dolors Montserrat los miércoles interpelando a una Carmen Calvo que devuelve con maestría y exquisita clase parlamentaria el agua a casa de los populares.

Y así pasan la vida, hiperbolizando su actividad política hasta el ridículo de considerar que el 12 de octubre no se celebra la Fiesta Nacional de España sino “la etapa más brillante, no de España, sino del hombre, junto con el Imperio Romano”. Es la demostración de que el dinero no puede comprar el conocimiento, sólo títulos académicos de quienes sólo han visto en la Educación en el enésimo nicho de negocio.

De lo que nadie puede dudar es que hay una disciplina en las que Casado se especializó de manera concienzuda: el aznarismo. Una forma de Gobierno que ha dejado imputados y/o condenados a la práctica totalidad de sus ministros y ministras y que ha puesto de manifiesto que la patria del PP es sólo una mina de la que extraer lo de todos para generar una clase social de pobres ricos de dinero robado con el que prefabricar un estamento social de pies de barro que merece ser derribado como si fuera un castillo de arena en el álgido momento de la alta mar.

Para quienes sí creemos en la Democracia la patria de Casado y compañía es irreconocible, es la versión pirateada y de baja calidad de un país lleno de talento ávido de justicia social y de un estado de bienestar que a duras penas ha aguantado el embiste de la corrupción de las derechas de este país. Porque tan corrupto es el que mete la mano como el que permite que la mano siga dentro.
La España de Casado es la del islote Perejil, la de la Guerra de Irak, la de la burbuja inmobiliaria, la de Gürtel, Púnica y la interminable lista de expolio del dinero público.

Y, cómo no, como quien espera la muerte de lo público, el hijo de Aznar ejerciendo de buitre sobre los fondos, a la postre la mejor parte de la pieza a cobrar.

Resulta paradójico ver el entusiasmo del PP en velar por la legitimidad de la tesis del presidente del Gobierno cuando en 120 días se ha desinflado la enésima burbuja en este país: la burbuja académica de la derecha, resulta sonrojante verles sembrar dudas sobre la honestidad de personas honestas cuando entre sus filas asoma la corrupción como asoman las canas en la senectud.

Y así pasan los días, poniéndoles velas a sus santos para que la legislatura dure poco y la ciudadanía no se acostumbre a tener derechos y libertades. Temiendo que las mordazas caigan y la gente se pueda expresar con libertad, que la pobreza infantil desaparezca y su beneficencia no sea el chantaje de los votos.

Es muy probable que la política en España no haya alcanzado la madurez necesaria para ser capaz de responder a la expectativas de una ciudadanía harta de ser la última en el orden de prioridades, pero lo que sí deja asomar es que, al menos, la izquierda ha aprendido algo que es más viejo que el propio mundo y es que la unidad hace la fuerza. El acuerdo de Presupuestos firmados por el Gobierno de Pedro Sánchez y Unidos Podemos es la banderilla letal a las expectativas de fracaso que albergaba la derecha y, de ahí, que sus manifestaciones se estén convirtiendo en la manifestación de la frustración de la dominación de tiempos pasados.

Lo cierto es que la España de los últimos cuatro meses ha agrandado la patria para que quepamos más gente: más pensionistas con su pensión revalorizada según el IPC, es la España de la Igualdad, la España en la que las mujeres romperemos los techos de cristal del machismo de la derecha, es la España de la sanidad universal, la que quiere acabar con la pobreza infantil, la que no esconde que hay gente que quiere morir con dignidad, la que quiere que retorne el talento joven y reconoce a sus mujeres investigadoras y deportistas, la que visibiliza la historia generosa de quienes han sido tractores de una sociedad amenazada demasiadas veces con retroceder a los tiempos, estructuras y espacios de confort de la derecha impávida al desarrollo y justicia social.

A estas alturas a nadie le puede sorprender el anuncio de Moncloa de romper relaciones con el PP de Casado porque se ha alejado completamente del papel que en este país ha tenido la oposición de fiscalizar la labor del Gobierno, para convertirse en el púlpito en el que mentir e injuriar.
Limpiar el chapapote en el que Casado está intentado convertir la política será otra de las cosas que agradeceremos a Pedro Sánchez.

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